INTRODUCIR EL SILENCIO…

      Josep M. Lozano*

…en la escultura. Eso es lo que dijo André Gide ante Mediterrània de Maillol: «Maillol acaba de introducir el silencio en la escultura». En La Pedrera de Barcelona tenemos la suerte de poder disfrutar de una extraordinaria exposición de Aristides Maillol, un auténtico menú degustación de su obra. ¿Qué es lo que nos hace tan próxima la obra de un artista que dijo de sí mismo que quería inaugurar el siglo, supuesto que podemos decir que el siglo ya ha concluido?

Me atrevería a decir que una mirada apaciguada, cuidadosa, progresivamente serena de su obra desvela, efectivamente, la verdad de la afirmación de Gide: Maillol introduce el silencio en la escultura hasta el punto que la contemplación de sus obras hace emerger lentamente, progresivamente, un silencio interior que es el eco del que el escultor nos ha mostrado.

Mompou ya nos regaló la posibilidad de captar, concebir y pensar una Música Callada. Misterio del espíritu y espíritu del misterio. Lo sutil que, simplemente, ocurre, está ahí. Maillol, en cambio, muestra el silencio presente en la pesadez y la densidad de la materia. Maillol transforma la materia sin que deje de ser materia; el tacto nos evoca la consistencia insoslayable de su realidad y, al mismo tiempo, la pátina tornasolada y cálida nos recuerda que el tiempo es, como dijo Yourcenar, el gran escultor. Nuestro escultor; lo que va dando forma a nuestras vidas.

Lo que cautiva de las esculturas de Maillol es la ligereza que las habita. Se diría que el hecho de que estén depositadas sobre una superficie es una confusión visual. Sólo lo parece, porque se sostienen sobre sí mismas. No son figuras aladas, pero parece que las podrías sostener sin esfuerzo, incluso las de más volumen.

Quizás es todo eso lo que nos lo hace tan próximo. Porque nos transmite un mensaje cifrado sobre nuestras vidas. Cuando Gide dice que ha introducido el silencio en la escultura lo señala con exactitud. No se trata de retirarse al silencio para poder esculpir mejor. Se trata introducir el silencio en la densidad, la materialidad, a menudo la pesadez de nuestras vidas. No nos invita, simplemente a buscar lugares apartados donde nos acercamos al silencio exterior (silencio, por cierto, que no tardaremos en considerar un artículo de lujo). No se trata de ir a cargar las pilas, porque no hay pilas que cargar. Se trata de introducir el silencio en aquello que la vida va esculpiendo en nosotros, va haciendo de nosotros, va haciendo con nosotros.

Las esculturas de Maillol suscitan un recogimiento meditativo. Pero no suscitan pasividad. Ser receptivo no es ser pasivo. De hecho, el grueso de su obra se aleja de toda pretensión de copiar o repetir. Siempre acompañado de sus cuadernos, permanece atento a todo lo que lo rodea. Pero su obra no responde a la voluntad de copiar o reproducir la realidad; no hay sometimiento a o dependencia de lo que ya existe. Es la búsqueda de la belleza, la armonía, la pureza de la forma. La pureza, sin embargo, entendida como depuración, como simplificación que capta lo esencial. La total presencia de lo esencial en el momento presente, en cualquier instante, presencia captada por la mirada atenta. Contemplad La lavandera, Joven arrodillada, Mujer y paloma, Joven sentada peinándose o La Noche. En eso, si se me permite la heterodoxia al hacer esta comparación, recuerda a Vermeer (que también pintó fundamentalmente figuras femeninas): ambos reflejan, recogen y acogen un instante huidizo, cotidiano, cogido el azar; que parece que podría ser éste o cualquier otro, pero que pasado por sus manos transparenta la plenitud esencial. Porque todos los instantes la pueden transparentar, si los sabemos ver y vivir.

Si el tiempo es el gran escultor de nuestras vidas, tenemos que introducir el silencio en la escultura. Es posible trans-formar nuestra realidad, sin renunciar a su materialidad, pero sin creer que la consistencia, la densidad y la pesadez presentes en ella son incompatibles con el silencio, la paz, la serenidad y el recogimiento. En este punto, Maillol se nos vuelve especialmente próximo en su opción de centrar muchas de sus obras en el torso. Sin brazos, sin cabeza ni brazos… la plenitud en el fragmento, no en la totalidad. La obra puede estar plenamente, completamente acabada, y la figura ser incompleta, cuando menos ante los ojos del observador distanciado y analítico. Pero es importante, crucial, saber ver que la plenitud vivida y transparentada no requiere ni exige una figura humana sin carencias. Se puede materializar y crear la belleza de la vida no a pesar de las carencias, sino en ellas y con ellas.

Tres apuntes finales de su biografía, que me parecen imprescindibles cuando se utilizan en exceso palabras como silencio, armonía o plenitud. Empezó a dedicarse totalmente a la escultura tarde, hacia los 40 años, cuando una enfermedad de la vista le impidió poder continuar en oficios en los cuales era reconocido, especialmente en la tapicería. Con diversos compañeros creó el Saló dels Artistes Rossellonesos, rehuyendo el centralismo parisino para acercar sus obras al público de la Catalunya Nord. Ayudó a huir de Francia a personas perseguidas por los nazis, hasta el punto que la primera organización de guías y pasadores de la frontera franco-española recibe el nombre de «red Maillol».

Maillol introdujo el silencio en la escultura. Y al hacerlo nos acompañó en el camino de introducirlo en el tiempo de nuestras vidas. Porque el tiempo es nuestro gran escultor.

(Estas líneas son responsabilidad mía, pero no hubieran sido posibles sin una conversación con mi mujer, Pilar París, que me hizo caer en la cuenta de dimensiones primordiales de la obra de Maillol que yo no había captado).


* publicado el 17/11/2009 en http://www.josepmlozano.cat

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